Anestesia
Sobre las secuelas del scroll infinito
Las redes sociales son un terreno gelatinoso que se siente como un sueño después de haber cenado pesado. La lacerante transición entre un cachorro de golden retriever aprendiendo a bajar las escaleras y un niño siendo detenido por agentes del ICE remite a la peor de las pesadillas. Desafortunadamente, es una proyección de la realidad.
Seis pulgadas de pantalla disfrazadas de espejo de obsidiana. Un hoyo negro al alcance de la palma anuncia lo que parece ser la Tercera Guerra Mundial y los “ocho signos de que creciste con un padre narcisista” en menos de treinta segundos.
En el pináculo del trend de volver a las memorias de 2016 para compartirlas en redes, me encontré con un meme graciosísimo y deprimentemente verdadero
“¿Por qué todo el mundo está romantizando el 2016?”
”Porque no estábamos muertos por dentro todavía”.
Probablemente el mundo no era mejor antes; hoy simplemente tenemos acceso inmediato a una cantidad de información que ni nuestro cerebro ni nuestro espíritu están diseñados para procesar. Y aunque, a nivel racional, soy consciente de ese hecho, el cuerpo y la mente se sienten abrumadísimos. Anestesiados. Como si, efectivamente, estuvieran… muertos.
El 2016 aparenta haber sido un momento más feliz porque es un recuerdo. Solemos romantizar el pasado. La memoria —como una abuela que saca una caja llena de láminas de acetato y nos las muestra, entusiasta, en su retroproyector— reproduce en nuestra añoranza sus mejores momentos como mecanismo de defensa, como una herramienta para autorregularnos después de estar expuestos 24/7 a la transmisión en vivo de tragedias, tiranías y memes.
Caminé al cafecito de confianza que está a un par de cuadras de mi oficina, como casi todos los martes. Era temprano y había bastante gente. Mientras esperaba al final de la barra, sentí la humedad de una nariz inspeccionando mi mano. Un perrito, de esos que me encantan, con pelo de alambre, me saludaba. Sonreí; un perro siempre es buena noticia y razón suficiente para alegrarme el día. Roté mi cuerpo completamente hacia el perro, me agaché y empecé a hacerle mimos. El dueño, un señor de unos cincuenta y tantos años, sonrió de regreso y no hizo mucho caso. Su amigo, otro hombre de más o menos la misma edad, comentó burlón: «Quién fuera perro».
Me levanté y me di la vuelta; tuve que compartir espacio con ese imbécil unos minutos más, en lo que estaba listo mi café.
De dopamina a cortisol en menos de treinta segundos, la sangre me hervía y, aun así, no dije nada. Tal vez hubiera sido mejor quedarme viendo koalas generados con IA y desgracias en Instagram —donde nada me mira de vuelta— en vez de acariciar al perro.
Me fui del café enojada por no haberle dicho algo a ese cerdo falocentrista —quizá me estoy volando con mis adjetivos, pero así se sintió en ese momento—.
¿Qué caso tenía reaccionar?
¿Había sido pena o pereza?
Hay gente sufriendo de verdad. ¿Con qué credenciales me quejo del acoso disfrazado de piropo que me cayó mientras compraba un café de ochenta pesos en Polanco?
El mundo no era mejor antes, pero no puedo evitar pensar que, tal vez, mi capacidad de respuesta sí. La vida no era más fácil en el 2016, pero en el 2016 tenía veinte años, era joven y furiosa. Redactaba textos para visibilizar lo que consideraba injusticias, amedrentaba de regreso a los hombres que me incomodaban y no tenía acceso a esta cantidad de información. Ahora no sé si estoy escogiendo mis batallas o si he perdido la esperanza.
¿Había sido pena o pereza?
Me había dado pena.
Quizá estaba exagerando: el mundo se nos está cayendo a pedazos. Me había dado pena y me había tragado un nudo, uno que me trago cada vez que veo las imágenes que el algoritmo de la tragedia me muestra. Tragarme la impotencia cuando no puedo hacer nada frente a lo que sucede en mi pantalla ha provocado que también me trague la impotencia cuando sí puedo actuar. Y así vivo. Vivimos. Adormecidos.
Creíamos que, gracias al internet y a las redes, un Holocausto no podría repetirse jamás, y aquí estamos. Con las neuronas entumidas, aquí estamos, consumiendo sin digerir porque no nos damos abasto.
No es mi intención ser una azotada pesimista; supongo que lo que intento decir es que me niego a vivir a través de la anestesia digital. Uno de mis propósitos para el 2026 es soltar el celular —que falta me hace— y rescatar procesos análogos.
El mundo es un lugar horrible y maravilloso a la vez; el espectro es enorme. Que el algoritmo no nos haga pequeños para caber en la casilla diminuta de una clasificación. Nunca nada bueno ha resultado de dividir. El poder de verdad no es binario.




Una de las cosas que me encanta de leer, es encontrarme en las palabras ajenas y aquí me encontré:
"Tragarme la impotencia cuando no puedo hacer nada frente a lo que sucede en mi pantalla ha provocado que también me trague la impotencia cuando sí puedo actuar. Y así vivo. Vivimos. Adormecidos."
Por un 2026 más análogo y menos adormecido 🖤.
Totalmente cierto, pero así nos tocó vivir. Sigamos adelante con nuestros valores y el respeto a nuestra integridad. Besos y abrazos.👌👏