Caballo al Amanecer
La introducción a una historia que todavía estoy aprendiendo a contar.
Es sábado y el reloj marca 6:06 a.m. Me han despertado los pasos bruscos y entusiastas —dignos de un caballo— producidos por los pies de una niña de tres años. Ha entrado a mi cuarto cabalgando y gritando —¡Buenos días, Valeria!—. ¡Ya ha aprendido a decir Valeria correctamente! La escena se torna nostalgica al darme cuenta que no la volveré a escuchar decirme Valeya con esa voz fundente. Sonrío y dejo de fingir estar dormida; ella sonríe de regreso pidiendo que le caliente una taza de leche. Me levanto a hacerlo con la idea de volver a la cama; si no es a dormir, por lo menos a tumbarme ahí un rato más. Pero haber completado una tarea, para un niño, significa expresar su necesidad por algo más, y así hasta el infinito. La siguiente solicitud requiere que la acompañe al cuarto de TV para ver Kiki: entregas a domicilio, una película de Miyazaki que yo veía religiosamente a su edad y que le he mostrado con la intención de darle variedad a la obsesión frenética con aquellas princesas congeladas que han poseído a las generaciones recientes. El día ha comenzado oficialmente. La idea de regresar a la cama es eso: una idea que no se materializará; una nueva oportunidad para intentar seguir el ritmo de una persona —que solo es pequeña en tamaño—, con una imaginación de la magnitud del mar y la energía de todos sus peces.
Desde hace un poco más de dos años, esta escena se me repite unos cuantos días a la semana.
No soy madre y no estoy segura de querer serlo. D, la persona con la que comparto casa y corazón, tiene una hija. Coloquialmente, se diría que soy madrastra.
La palabra madrastra es horrenda fonéticamente y en todos los sentidos.
Del latín matrastra. Mater significa madre y astra es un sufijo que indica relación, pero con un matiz despectivo. Madrastra originalmente designa a una “madre no verdadera” o “madre sustituta”, pero con una carga energética negativa desde su etimología.
La figura de la madrastra ha sido el personaje antagónico por excelencia de infinidad de historias —especialmente para niños—. Y creo que el cliché de la madrastra malévola es un cliché por algo, no lo voy a refutar. Yo, personalmente, podría contar la historia de cierta madrastra malvada que conocí alguna vez, pero eso lo dejaremos para el día que publique un libro.
Históricamente, las mujeres —por lo menos de mi generación hacia atrás— hemos crecido con la idea de que debemos cumplir con la norma: encontrar un marido, reproducirse, maternar y criar personas de bien que busquen replicar el ciclo y morir.
El espacio que queda para cuestionarse es reducido, si no es que nulo. Jamás imaginé, de niña, que un día me convertiría en madrastra. A pesar de haber crecido en una familia en donde la totalidad de sus integrantes estaban divorciados —y algunos casados más de tres veces—, nunca nadie me mostró que esa era una posibilidad. Y una posibilidad muy bella.
Salir con un hombre que ya tiene hijos cuando tú no los tienes siempre es motivo de advertencia, por más woke que sea tu círculo familiar y de amistades. Y claro, los riesgos y las consecuencias ahí están, como en absolutamente todas las cosas que valen la pena en esta vida. Pero, ¿que no abrirle la puerta a cualquier forma de amor significa automáticamente firmar un contrato con sus oponentes? ¿No es ahí donde reside la belleza de amar? La vida vale la pena vivirla porque sabemos que nos vamos a morir, diría Pepe Mujica.
El amor de verdad es espontáneo. No sabes ni por dónde se te ha estrellado. De repente, una niña que tú no pariste transita tus pensamientos todos los días, la extrañas cuando no está y jamás olvidas comprar en el mercado blueberries y tlacoyos —su cena favorita— para recibirla los días que le toca venir a casa.
El radar del peligro se ha activado irreversiblemente. De pronto, convivir con una niña pequeña es la máquina del tiempo que te lleva a comprender a tu propia madre, a empatizar desde un nivel completamente nuevo. Le estás más agradecida que nunca. Por fin llega el día en el que la frase de la madre universal, “algún día me entenderás”, cobra sentido.
Milena Busquets dice en su libro Ensayo general que no es necesario tener hijos ni haberse enamorado veinte veces para saber lo que es el amor. Conocemos la experiencia de la maternidad por haber tenido madre, no por haber tenido hijos. Y en mi caso, creo que conozco la experiencia de la “madrasternidad” por haber tenido una relación atropellada con quien alguna vez fue mi madrastra.
Lo que quiero decir es que la hija de mi pareja ha sido una gran medicina para sanar heridas pasadas y una mentora infalible —que ha tocado fibras sensibles— para descubrirme en el presente.
No busco ser su madre y ella no busca ser mi hija. La biología no nos une y, a pesar de ello, nuestras miradas ya se reconocen cómplices. Lo que tenemos no obedece a un rol predefinido y existe solo a costa de ambas fuerzas.
Yo no sé si ser madre es lo mejor que te puede pasar en la vida. Pero puedo afirmar que ganarse el amor y la confianza de una niña que no te debe nada, lo es. Y amar y admirar a un hombre por la manera en que ama a su hija, también.
Si algún día algo en esta rutina cambia, sé que voy a extrañar y vivirán en mi memoria, esos pasos de caballo al amanecer.



Amé 🤍
En pocos años, se convertirá en un elefante en la madrugada, y será menos fácil, y no será tu hija pero será tuya. 💜